Los homúnculos —hombrecillos artificiales creados por arte alquímico— son una de las leyendas más inquietantes de la vieja Europa. Y pocos relatos son tan extraños como el del conde Johann Ferdinand von Kuffstein, un noble austríaco, masón y rosacruz, que a finales del siglo XVIII aseguró haber criado diez de estos seres en frascos de vidrio.
El conde y el abad Geloni
El conde Kuffstein (1727–1789) servía como funcionario de María Teresa y de José II, pero su verdadera pasión eran las ciencias ocultas. Durante un viaje por Italia, en Calabria, conoció al abad Geloni, un hombre de gran experiencia en el ocultismo. Mediante señas secretas, ambos comprendieron que eran masones y rosacruces. Pasaron días y noches enteros hablando de las ciencias ocultas, olvidando el sueño y la comida, hasta que decidieron encerrarse nueve semanas en un monasterio carmelita, escondido en las montañas, para realizar allí la «gran obra».
La creación de los diez espíritus
Su ayudante, Josef Kammer, dejó escrito lo que vio, y lo que vio le erizaba los cabellos. Durante cinco semanas el fuego del horno no debía apagarse ni un instante. Así crearon diez espíritus —los homúnculos—: un rey, una reina, un caballero, un monje, un constructor, un minero, un serafín, una monja, y dos espíritus más, uno azul y uno rojo, que solo se hacían visibles al recitar una fórmula mágica.
A los primeros ocho los atraparon con pinzas de plata y los encerraron en frascos de vidrio de unos dos litros, llenos de agua bendita y sellados con una vejiga de buey húmeda. Los ocho hombrecillos nadaban en sus frascos como pececillos. De noche, enterraron los frascos en dos montones de estiércol en el jardín del monasterio, que el jardinero regaba cada día con un líquido preparado por los alquimistas.
Los homúnculos crecen
Al cabo de cuatro semanas desenterraron los frascos: los homúnculos habían crecido tanto que el vidrio ya les quedaba pequeño. Tenían largas uñas, y los varones, hasta bigote. El abad los adornó según su rango: al rey con corona, cetro y manto púrpura; a la reina con diadema; al caballero con espada y lanza; al monje con capucha y cáliz. Cuando le rasuró la tonsura, al monje no le gustó y mordió al abad en el dedo.
En Viena: profecías y desgracias
Los frascos fueron trasladados en secreto a Viena. Cada pocos días, el conde alimentaba a los homúnculos introduciéndoles en la oreja una materia rosada del tamaño de un guisante; al espíritu rojo le daba, una vez por semana, un dedal de sangre de animal recién sacrificado, que desaparecía al instante en el agua.
Kuffstein exhibió sus criaturas ante la logia rosacruz. Cada una respondía preguntas sobre el futuro según su naturaleza: el rey y la reina sobre dinastías, el caballero sobre la guerra, el monje sobre la religión, el minero sobre las profundidades de la tierra. Pero a todos superaban el espíritu rojo y el azul, que sabían lo que hacían Dios y Satanás.
No todo salió bien. Una vez, el conde derribó por descuido el frasco del monje: cayó, se rompió, y el pequeño ser murió; lo enterraron en un ataúd de cartón negro, bajo una acacia. Otra noche, Kammer halló vacío el frasco del rey: lo encontró trepando sobre el frasco de la reina, y entre gritos «como el mismo Satanás», el hombrecillo saltaba por los muebles igual que una ardilla, hasta que lograron devolverlo a su frasco.
Al final, la esposa del conde, temiendo por la salvación de su alma, lo convenció de deshacerse de los espíritus.
¿Qué eran en realidad?
¿Qué fueron los homúnculos de Kuffstein? ¿Simples anfibios adornados? ¿Un truco bien ejecutado? ¿Alucinaciones? ¿O acaso niños de probeta, siglos antes de tiempo —con esperma entre los «ingredientes mágicos», el estiércol como incubadora y una solución salina en el frasco? Los viejos alquimistas creían que cada parte de algo contiene la imagen del todo. Quizá el conde no fue más que un soñador; pero seguía los pasos de los alquimistas de Praga, para quienes el Castillo de Praga era su Meca.


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