Homero, el ciego que nos enseñó a ver

Homero

Homero está en el origen de nuestra civilización y, sin embargo, apenas sabemos nada de su vida. Ni siquiera hay certeza de que existiera como una sola persona. Es, al mismo tiempo, el poeta más influyente y el más misterioso de la historia.

Quién fue Homero

De su biografía apenas quedan leyendas. La tradición lo sitúa en el siglo VIII a. C., en algún lugar de Jonia, en la costa de la actual Turquía. Además, siete ciudades griegas se disputaron el honor de haberlo visto nacer, entre ellas Esmirna y Quíos. La leyenda lo describe como un poeta ciego que iba de ciudad en ciudad. Sin embargo, no ha llegado hasta hoy ni una fecha segura ni un dato firme sobre su familia. En realidad, cuando la biografía falla, solo queda su obra.

 Un poeta que cantaba, no escribía

Conviene aclarar algo importante: Homero no «escribió» un libro como los de hoy. Era un aedo, es decir, un cantor. Componía y recitaba de memoria, acompañado de una lira, ante el público. Y no eran cuatro versos: la Ilíada y la Odisea suman cerca de veintisiete mil. Por eso lo imaginamos «cantando miles de versos»: los sabía de memoria y los interpretaba durante horas. Mucho después, ya con la escritura, alguien puso por escrito aquellos cantos, y así llegaron hasta nosotros.

Homero, el código de una civilización

Con la Ilíada y la Odisea, Homero no solo compuso poemas heroicos. En realidad, creó el primer gran manual de conducta del mundo antiguo. En una época sin libros sagrados, la gente acudía a sus versos. Allí aprendía qué eran el honor, el sacrificio, la justicia y el destino. De hecho, Platón llegó a llamarlo «el educador de Grecia». Además, un mismo Homero unía a pueblos dispersos: les daba los mismos dioses, los mismos héroes y una lengua común.

 La herencia viva de Homero

Hoy, casi tres mil años después, seguimos usando su lenguaje sin saberlo. Por ejemplo, llamamos «odisea» a un viaje lleno de dificultades. También hablamos de un «mentor», por el sabio Méntor que guía al hijo de Ulises en la Odisea. Y todos recordamos el «caballo de Troya», la treta que el propio Homero cantó. En el fondo, Homero comprendió algo esencial: no solo necesitamos leyes para sobrevivir. Necesitamos historias que nos expliquen quiénes somos. Así, al inventar el gran relato, nos dio el espejo en el que la civilización empezó a mirarse.

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