Ella (She, en su título original), de H. Rider Haggard, se publicó en 1887 y se convirtió en una de las novelas de aventuras más leídas de la historia, con decenas de millones de ejemplares vendidos. Mezcla de expedición exótica, misterio arqueológico y fantasía, regaló a la literatura uno de sus personajes más inolvidables: Ayesha, la reina inmortal conocida solo como «La-que-debe-ser-obedecida».
Un cofre, un tiesto y una venganza antigua
Todo arranca con una herencia misteriosa: un viejo cofre de hierro que el joven Leo debe abrir al cumplir veinticinco años. Dentro, un fragmento de cerámica con dos mil años de inscripciones revela una leyenda increíble sobre un antepasado asesinado por una reina inmortal en algún lugar de África. Leo y su tutor, el sabio Holly, deciden ir a comprobar si semejante historia puede ser cierta.
Ayesha, la reina inmortal de Ella
Tras un naufragio y mil peligros, los viajeros se internan en un territorio salvaje y caen en manos de un pueblo sombrío que los lleva ante las ruinas de una civilización perdida. Allí reina Ayesha, una mujer de belleza sobrehumana que, bañada siglos atrás en un fuego misterioso, no ha envejecido en dos mil años, mientras espera el regreso del único hombre al que amó.
El precio de la eternidad en Ella
Ayesha reconoce en Leo a su amado renacido y le ofrece compartir su inmortalidad y gobernar el mundo a su lado. Pero cuando, para demostrarle que el fuego es inofensivo, vuelve a entrar en la llama de la vida, el prodigio se invierte: la belleza eterna se deshace en un instante y la reina recupera, de golpe, sus dos mil años.
Al final, Ella nos deja una advertencia tan antigua como humana: que la belleza, el poder y hasta la vida sin fin son dones frágiles y envenenados, y que empeñarse en burlar para siempre a la muerte puede costar, en un solo instante, todo lo que de verdad importa.

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