Ella
Ella (She, en su título original) es una de las grandes novelas de aventuras del siglo XIX y uno de los libros más leídos de todos los tiempos, con decenas de millones de ejemplares. Mezcla de expedición exótica, misterio arqueológico y fantasía inmortal, creó uno de los personajes más fascinantes de la literatura: Ayesha, la reina eterna, modelo de innumerables hechiceras y mujeres fatales que vinieron después. Narrada como el relato de un testigo que apenas se atreve a creer lo que vivió, es una historia sobre la belleza, el poder, el amor que desafía a la muerte y el precio de querer vivir para siempre. Este es el recorrido completo de la novela, desenlace incluido.
Haggard la escribió en apenas seis semanas, en un arrebato febril, y el libro se convirtió en un fenómeno desde el primer día. El autor la presenta además con un truco que multiplica su fuerza: el relato llega a manos de un editor en forma de manuscrito enviado por su protagonista, acompañado de reproducciones del documento antiguo que lo desencadena todo, como si no fuera una novela sino el informe de algo que de verdad ocurrió. El lector queda así, desde la primera página, en esa frontera incómoda y deliciosa en la que no sabe del todo si lo que tiene delante es ficción o testimonio.
Una herencia y un juramento
La historia la narra Horace Holly, un profesor de Cambridge de aspecto tosco y casi simiesco —tan feo que a sí mismo se compara con un gorila—, pero de alma noble, mente brillante y corazón solitario. Una noche de tormenta, su único amigo, Vincey, un hombre hermoso y moribundo, irrumpe en sus habitaciones sabiendo que no verá el amanecer. Le revela una historia que parece de locos: la de su antiquísimo linaje, que se remonta al antiguo Egipto, y la de una maldición y un misterio que han pasado de padres a hijos durante dos mil años. Le hace jurar dos cosas: que criará a su hijo pequeño, Leo, un niño rubio y hermoso como un dios; y que custodiará un pesado cofre de hierro que no deberá abrirse hasta que el muchacho cumpla veinticinco años.
Horas después, tal como había anunciado, Vincey ha muerto. Holly, soltero convencido y enemigo de las mujeres, se queda con el niño y lo cría como a un hijo; los dos, junto con el fiel y refunfuñón criado Job, forman una familia singular y feliz, y Leo crece hasta convertirse en un joven espléndido al que todos llaman, medio en broma, «el dios griego». Cuando por fin llega el día señalado, abren el cofre con solemnidad. Dentro hay otros cofres encajados unos en otros, pergaminos antiguos, una carta del padre muerto y, sobre todo, un objeto extraordinario: un fragmento de ánfora, el «Tiesto de Amenartas», cubierto de inscripciones en griego antiguo, con añadidos en latín y en inglés, y las firmas de generación tras generación de la familia a lo largo de más de dos milenios.
Junto al tiesto aparecen otras reliquias que acaban de desarmar la incredulidad del profesor: un escarabajo egipcio grabado con las palabras «Hijo Real del Sol», que Leo se colgará al cuello y no se quitará ya nunca, y una carta que el padre moribundo dejó escrita para el hijo que entonces apenas andaba. En ella le explica que no le impone nada: que si le parece una fábula de locos, queme el cofre y viva tranquilo; y que si en cambio siente la llamada, vaya. Holly, hombre de ciencia acostumbrado a desconfiar, examina los pergaminos con las herramientas de un filólogo y se encuentra con que todo encaja: la lengua, la escritura, el desgaste, las manos distintas que fueron añadiendo líneas siglo tras siglo. No hay falsificación posible. Aquella noche, en su estudio de Cambridge, los dos hombres comprenden que la locura del padre era verdad.
La leyenda escrita en el tiesto
El tiesto cuenta una historia increíble. En tiempos del antiguo Egipto, un sacerdote griego de Isis llamado Kallikrates, famoso por su extraordinaria belleza, rompió sus votos sagrados y huyó con Amenartas, una princesa egipcia de la que se había enamorado. En su fuga por la costa africana llegaron al reino de una misteriosa reina blanca, poderosísima e inmortal, que habitaba entre cavernas y ruinas colosales. La reina, prendada al instante de Kallikrates, le mostró un pozo de fuego que otorgaba la vida eterna y le ofreció la inmortalidad si la amaba a ella. Como él permaneció fiel a Amenartas y la rechazó, la reina, enloquecida de celos, lo mató allí mismo con su terrible poder, ante los ojos de la princesa.
Amenartas, embarazada, logró escapar por el mar y, antes de morir, dejó por escrito a su hijo —y, a través de él, a todos sus descendientes— una encomienda que atravesaría los siglos: encontrar a aquella reina, desentrañar el secreto de su inmortalidad y vengar la muerte de Kallikrates. Durante dos mil años, generación tras generación de la familia fue copiando y firmando el tiesto, pero ninguno se atrevió a cumplir la misión, o lo intentó y pereció en el empeño: el padre de Leo, Vincey, había muerto sin lograrlo. Ahora Leo, que desciende en línea directa de aquella pareja, decide por fin ir en pos de la verdad. Y Holly, incrédulo pero fiel a su juramento, lo acompaña.
El tiesto mismo es uno de los grandes hallazgos de la novela, porque es un objeto que lleva encima la huella del tiempo. Sobre el griego antiguo de Amenartas se superponen capas de otras manos y otras lenguas: una traducción latina hecha por un antepasado medieval, unas líneas en inglés arcaico, anotaciones en griego más tardío, y abajo una hilera de firmas que baja como una escalera por los siglos —cruzados, caballeros, señoras isabelinas, comerciantes—, algunas trazadas con tinta y alguna, dicen, con sangre. Cada una de ellas es un hombre o una mujer que leyó aquello, lo creyó y no se atrevió. Leo sostiene en las manos la prueba física de veinte siglos de miedo heredado, y decide ser el primero que no se detenga.
El viaje a África y el naufragio
Leo, Holly y Job parten hacia la costa oriental de África, siguiendo las pistas del antiguo documento, con un árabe llamado Mahomed por guía y marinero. Durante semanas navegan sin hallar nada reconocible, hasta que lo que parecía una leyenda disparatada empieza a cobrar una realidad escalofriante: avistan, recortada contra el cielo del atardecer, una gigantesca roca con la forma inconfundible de una cabeza humana, el mismísimo mojón que el tiesto, escrito dos mil años atrás, señalaba como entrada al reino oculto. Nadie puede ya dudar de que la vieja historia es cierta, y un escalofrío recorre a los tres viajeros.
Aquella misma noche, una tormenta feroz hace naufragar su bote cerca de la costa. Los marineros se ahogan, y solo Leo, Holly, Job y Mahomed, el guía árabe, sobreviven de milagro, agarrados a los restos y a un pequeño esquife, para arrastrarse al amanecer hasta una tierra de ciénagas interminables. Allí los espera un paisaje malsano y opresivo: pantanos de juncos, aguas estancadas, nubes de insectos y una fiebre que acecha en cada vaho. Remontando canales en el esquife, medio enfermos, sin apenas provisiones y con el cuerpo de Leo empezando ya a arder de fiebre, se internan en aquel territorio desconocido, lejos de todo mundo civilizado, hacia el interior donde, según el tiesto, reina la mujer inmortal.
Los días que siguen son de una dureza que Haggard describe sin ahorrar nada: el sol que cae a plomo sobre el agua quieta, el hedor dulzón del lodo, los cocodrilos que se deslizan sin ruido junto al esquife, las nubes de mosquitos que no dejan dormir. Una noche, Holly dispara contra un hipopótamo que estuvo a punto de volcarlos; otra, se despiertan con la fiebre temblando en los huesos. Job, que no entiende qué hace un criado inglés en semejante infierno, refunfuña sin parar y anuncia a cada rato que ninguno saldrá vivo de allí; y, sin embargo, no se separa un paso de sus señores. Es en esas jornadas de ciénaga, hambre y delirio cuando los tres dejan de ser unos caballeros que viajan y se convierten en tres hombres que sobreviven.
Los amahagger y el viejo Billali
Pronto los rodea una partida de hombres sombríos y silenciosos: los amahagger, un pueblo cruel que vive entre las ruinas de una civilización mucho más antigua y poderosa que ellos, en un reino extraño donde son las mujeres quienes mandan en la casa y quienes eligen a sus hombres. Los recibe un anciano digno, de larga barba blanca y aire de dominio, al que todos llaman respetuosamente «Padre»: Billali. El viejo, intrigado por aquellos forasteros blancos —y en especial por la belleza de Leo y por la fealdad sabia de Holly, al que apoda «el Babuino»—, toma afecto al profesor y se convertirá en su mejor protección entre aquellas gentes peligrosas. Billali les advierte de que su suerte no depende de él, sino de la voluntad de una reina a la que nadie se atreve ni a nombrar ni a mirar de frente.
Entre los amahagger, una joven altiva y hermosa, Ustane, se fija en Leo y, según la costumbre de su tribu, lo toma por esposo sencillamente echándole los brazos al cuello y besándolo delante de todos. Él, debilitado por la fiebre, la acepta, y ella lo amará desde ese instante con una lealtad feroz y absoluta, dispuesta a morir por él.
Lo que más desconcierta a los viajeros de aquel pueblo no es su crueldad, sino su silencio. Los amahagger casi no ríen; cuando se divierten, se divierten con algo atroz. Viven en cuevas ajenas, comen de una tierra que no sembraron, y han olvidado hasta el nombre de los que levantaron las piedras sobre las que duermen. No tienen rey, ni sacerdotes, ni dioses: solo el temor a una señora lejana que castiga. Billali, que es el más despierto de todos, se lo explica a Holly con una franqueza tranquila mientras comparten comida: aquí nadie pregunta por el mañana, porque el mañana no pertenece a nadie. Y le toma cariño precisamente porque el profesor sí pregunta, y porque, siendo feo como un babuino, tiene la cabeza llena de cosas que el viejo no había oído nunca.
El puchero ardiente
Pero la hospitalidad de los amahagger esconde una costumbre atroz: el puchero ardiente, con el que dan muerte a los forasteros encajándoles en la cabeza una enorme vasija de barro al rojo vivo, antes de devorarlos. La ocasión llega una noche, durante un banquete que parecía amistoso, cuando una de las mujeres amahagger, despechada porque el melancólico Job ha rechazado sus insinuaciones, aprovecha para desatar el ritual. Los nativos se abalanzan de pronto sobre el guía árabe, Mahomed, para calentarle el puchero en la cabeza. Estalla una lucha a muerte en la penumbra de la caverna: en el forcejeo, Mahomed muere de un disparo del propio Holly cuando este trata de salvarlo; Leo recibe una herida muy grave de lanza; Holly dispara y reparte golpes con la fuerza descomunal de sus brazos, y Ustane se arroja sobre el cuerpo de Leo para protegerlo con el suyo propio, cantando que quien lo quiera matar tendrá que matarla a ella primero. Solo la ferocidad del combate, la lealtad de la muchacha y la llegada a tiempo de Billali los salvan de acabar todos en el puchero. Leo queda entre la vida y la muerte, ardiendo de fiebre, mientras los conducen al fin hacia el corazón del reino.
El reino de Kôr
Los viajeros son llevados en literas a través de pantanos, llanuras y montañas hasta el centro del dominio de la reina: las ruinas de Kôr, una ciudad fabulosa de un imperio desaparecido hace milenios. Es un lugar sobrecogedor. Enormes templos, palacios y columnatas tallados en la roca viva se alzan sobre una vasta llanura rodeada por un antiguo muro ciclópeo; y por todas partes, en cuevas y galerías sin fin, yacen embalsamados y perfectamente conservados los cadáveres de un pueblo entero que una peste borró de la tierra hace siglos, tan intactos que parecen dormidos. Los amahagger, salvajes y sin memoria, habitan como alimañas entre la grandeza muerta de aquellos antepasados que no comprenden, y llegan a usar los cuerpos resecos y embalsamados como antorchas, porque arden bien. En los muros se lee todavía la gloria perdida de una civilización que un día se creyó eterna, y todo en Kôr susurra la misma lección: nada de cuanto el hombre levanta escapa al polvo y al olvido.
Los muertos que no se corrompen
Las galerías de Kôr son el corazón oscuro de la novela, y Haggard se detiene en ellas con una calma que pone la piel de gallina. Los antiguos habitantes dominaron un arte de embalsamar que ningún pueblo ha igualado: no vendaron a sus muertos como los egipcios, sino que los sumergieron en una sustancia que los dejó tal como eran, con el color de la piel, el gesto de la boca y hasta el brillo del pelo. Pasillo tras pasillo, nicho tras nicho, duermen por millares familias enteras, puestas unas junto a otras como si una noche cualquiera se hubieran acostado y no hubiera llegado la mañana. No hay polvo ni descomposición: hay un pueblo entero detenido.
Entre todos ellos, dos escenas se le quedan a Holly grabadas para siempre. En una cripta reposa una madre joven abrazada a su hijo pequeño, con el brazo todavía doblado sobre el cuerpo del niño, muertos los dos de la misma peste y conservados en ese gesto durante siglos. En otra yace una pareja de amantes que, antes que separarse, eligieron morir juntos, y allí siguen enlazados, con una inscripción al lado que lo cuenta. Ayesha se la traducirá más tarde, sin emoción aparente, y sin embargo esa piedra dice en dos líneas todo lo que ella lleva dos mil años persiguiendo.
Y frente a esa dignidad silenciosa está la barbarie de los vivos. Una noche, durante un festejo, los amahagger arrancan de los nichos varios cuerpos resecos, los clavan en el suelo, les prenden fuego a los pies y bailan a la luz de esas antorchas humanas, que arden con una llama clara porque el bálsamo de los siglos las ha vuelto puro combustible. Holly contempla el espectáculo mudo de horror: los muertos que fueron un pueblo culto alumbran la fiesta de unos salvajes que no saben ni cómo se llamaban. En ninguna otra página se ve tan clara la idea que recorre el libro entero, la de que la grandeza no protege de nada y el olvido acaba siempre por llegar.
«La-que-debe-ser-obedecida»
Todos los amahagger obedecen con un terror ciego a una soberana a la que no se atreven ni a nombrar: la llaman solo «La-que-debe-ser-obedecida». Reina desde las sombras, invisible y temida, con un poder absoluto sobre la vida y la muerte de sus súbditos, que la creen una diosa inmortal. Billali, con el rostro pegado al suelo, conduce a Holly por largas galerías excavadas en la roca hasta sus aposentos, y le advierte una y otra vez de que nadie puede mirarla sin su permiso, so pena de muerte. Así, con el corazón en un puño, el feo profesor de Cambridge es llevado a presencia de la mujer que ha esperado dos mil años.
El camino hasta ella es ya una ceremonia de miedo. Descalzas y en silencio, unas sirvientas sordomudas —escogidas así para que jamás puedan contar lo que ven— guían a Holly con lámparas por un dédalo de corredores tallados en la roca, cada vez más hondos y más tibios, hasta unas cortinas pesadas al fondo de una antecámara. Billali avanza de rodillas y con la frente contra el suelo, sin levantar la vista ni un instante, y así permanecerá todo el tiempo. El aire huele a perfume y a piedra mojada. Holly, que ha discutido de filosofía con media Cambridge, se descubre temblando como un muchacho ante una puerta.
Ayesha se descubre el velo
La reina, Ayesha, va siempre envuelta en largos velos blancos de la cabeza a los pies, como una momia viviente, y habla desde detrás de la gasa con una voz de una dulzura y una autoridad sobrehumanas. Interroga a Holly con una inteligencia abrumadora, lee en su mente, y poco a poco, intrigada por aquel sabio que no la teme del todo, decide mostrarse. Cuando por fin se despoja de los velos, su belleza resulta tan absoluta que es casi insoportable de mirar: deslumbra, sobrecoge y da miedo a la vez, como si contemplarla de frente pudiera quemar el alma. Holly, el sabio prudente y feo que jamás se había rendido ante una mujer, cae de rodillas, incapaz de resistir su hechizo, avergonzado y fascinado a partes iguales. Comprende en ese instante que ante él no hay una mujer, sino una fuerza de la naturaleza, la criatura más hermosa y más terrible que ha visto nunca.
Haggard resuelve con mucha astucia el problema de describir una belleza imposible: no la describe. Se vale de lo que produce. Holly cuenta que no pudo sostenerle la mirada, que sintió vergüenza de su propia cara, que le subió a la garganta un llanto sin motivo, y que en medio del deslumbramiento lo atravesó un aviso frío, como el que se siente ante un animal hermoso y peligroso. Y añade algo que lo explica todo: aquel rostro no era solo bello, era malvado y bello a la vez, y lo uno no estorbaba a lo otro. Ayesha, que lee la turbación del profesor como quien lee un libro abierto, se divierte con ella y le concede su amistad —una amistad que, él lo sabe, dura lo que dure su capricho.
El juicio de los amahagger
La primera lección de poder no se la da con palabras. Ayesha manda traer ante sí a los amahagger que organizaron el ataque del puchero y celebra un juicio que a Holly le hiela la sangre. Los culpables entran arrastrándose, confiesan de inmediato y suplican una muerte rápida. Ella escucha sin levantar la voz, con una serenidad perfecta, y dicta sentencia: no morirán rápido. Morirán despacio, para que el resto del pueblo recuerde durante una generación lo que cuesta tocar a un huésped suyo.
Holly intercede. Argumenta, se indigna, apela a la piedad. Y ella lo mira con una extrañeza casi tierna, como se mira a un niño que pide algo sin sentido, y le explica con toda calma que gobernar a unos salvajes con clemencia sería condenarlos al caos, y que ella no castiga por crueldad sino por necesidad, igual que la naturaleza mata sin odio. Es el momento en que el lector entiende de verdad a Ayesha: no es un monstruo que disfruta del dolor, es algo más inquietante —una inteligencia inmensa que ha dejado de ver a los hombres como semejantes. Después de dos mil años, la vida ajena se le ha vuelto tan pequeña como a nosotros la de un insecto.
Sabiduría y crueldad de veinte siglos
En las largas conversaciones que mantiene con Holly a lo largo de los días, Ayesha despliega el vértigo de lo que significa haber vivido dos mil años. Ha visto nacer y morir imperios, ha estudiado todas las ciencias y todas las magias, conoce los secretos de la naturaleza y de las estrellas, y habla con desdén de las religiones y las glorias humanas, que para ella han pasado como modas efímeras ante sus ojos. Puede leer los corazones y matar con la sola fuerza de su voluntad. Se considera por encima del bien y del mal, y desprecia la vida de los hombres comunes como quien aparta un insecto del camino; su filosofía es la de la fuerza y la belleza, sin piedad ni remordimiento.
Y, sin embargo, toda esa sabiduría no la ha hecho feliz. Reina sola, inmortal, entre un pueblo que la teme y unas ruinas pobladas de muertos, consumida por una única pasión que los siglos no han enfriado. Holly descubre, atónito, que aquel ser casi divino es en el fondo una prisionera: la esclava de un amor y de una espera que duran ya veinte siglos. Le muestra las maravillas de Kôr y, al evocar a aquellos dos amantes abrazados en su cripta, le confiesa que el amor es lo único que el tiempo no logra matar. En cada palabra laten las grandes preguntas de la novela sobre el tiempo, la belleza y la nada de cuanto existe.
Poco a poco Ayesha le va contando quién fue antes de ser esto. Nació en Arabia, de sangre noble, y fue una muchacha de una belleza ya entonces temida; estudió en Egipto, donde se formó en las escuelas de los sabios y aprendió las lenguas y los cultos de medio mundo antiguo. Habla de Grecia y de Egipto como quien habla de ciudades donde vivió, y corrige a Holly, que es helenista de oficio, detalles de griego que ningún manual recoge. Ha visto pasar por debajo de su ventana el mundo entero: imperios que se creían definitivos, dioses que parecían eternos, verdades que nadie podía discutir. Todo ha caído.
De ahí le viene su desprecio. Para ella, las religiones de los hombres son maneras distintas de nombrar lo mismo, y se suceden como se suceden las modas en el vestir; las naciones, campamentos que se levantan y se recogen. Holly discute con ella, defiende su fe y su siglo, y descubre con espanto que no tiene con qué responderle: ella no argumenta desde la opinión, argumenta desde el recuerdo. Y aun así, en algún punto de cada conversación, la mujer que lo sabe todo se queda callada y vuelve a lo único que no ha logrado entender ni vencer: por qué el hombre al que mató no la quiso, y por qué ella no ha podido dejar de esperarlo.
La reina que esperó dos mil años
El secreto de Ayesha es el que buscaba la vieja leyenda. Hace dos mil años se bañó en una columna de fuego misterioso, el Espíritu de la Vida, que le concedió una juventud y una belleza eternas. Desde entonces vive sin envejecer en las cavernas de Kôr, aguardando con una paciencia inhumana una sola cosa: el regreso de Kallikrates, el hombre al que amó y al que ella misma mató en un arrebato de celos, convencida de que su alma renacería algún día y volvería a sus brazos. Durante veinte siglos ha custodiado su cadáver embalsamado y ha esperado, segura de que el destino se lo devolvería.
Quien le enseñó el camino del fuego fue Noot, un viejo filósofo y ermitaño que vivía retirado en aquellas cavernas y que conocía el secreto desde hacía mucho. Él nunca quiso usarlo: lo consideraba un don envenenado, impropio del hombre, y se dejó morir pobre y anciano teniendo la eternidad al alcance de la mano. A la joven Ayesha le mostró la columna de llamas precisamente para prevenirla, y ella, que ya entonces no sabía obedecer, esperó a que el viejo muriera y entró en el fuego. La escena que ella misma le cuenta a Holly explica a la mujer entera: un maestro que renuncia por sabiduría y una discípula que acepta por ansia.
Lo que vino después lo narra con una frialdad que hiela. Cuando Kallikrates, ya inmortalizada ella, llegó hasta aquellas cuevas con Amenartas y se negó a entrar en la llama y a quedarse a su lado, Ayesha le suplicó primero, le prometió el mundo después, y finalmente, viéndolo abrazado a la otra, lo mató con un solo acto de voluntad, sin saber ella misma que iba a hacerlo. Y al instante siguiente, arrepentida, cayó sobre el cuerpo gritando que volviera. Lleva dos mil años lamentando ese segundo. Ha conservado el cadáver, lo ha velado, le ha hablado, ha llorado sobre él noche tras noche durante siglos: Holly comprende entonces que la mujer más poderosa de la tierra lleva veinte siglos de luto por un crimen que cometió en un arrebato de celos.
Cuando ve por primera vez a Leo, convaleciente aún de sus fiebres mortales y entre la vida y la muerte, se queda petrificada: es el vivo retrato de su amado muerto, Kallikrates vuelto a la vida rasgo por rasgo. Con sus artes lo cura y lo arranca de la tumba, y vuelca en él dos milenios de amor contenido. La espera, cree Ayesha, ha terminado al fin.
Los celos de la inmortal
Pero Leo, recuperándose, está unido a Ustane, que lo ha cuidado día y noche y lo ama con todo su ser. Ayesha no tolera rival alguna. Cuando la muchacha se niega a renunciar a él, la reina le ordena desaparecer para siempre y le marca la frente, con un roce helado de sus dedos, con tres huellas blancas como la nieve, a modo de aviso de muerte. Ustane, valiente y desesperada, vuelve una última vez junto a Leo; y entonces Ayesha, fuera de sí, muestra de qué es capaz: con un solo gesto de su voluntad, sin apenas tocarla, fulmina a Ustane y la deja muerta a sus pies. Holly contempla horrorizado cómo bajo el rostro perfecto habita una fuerza implacable y sin piedad, y comprende que la belleza y la crueldad pueden habitar juntas en un mismo ser, inseparables como la llama y su calor.
La escena es de las más duras del libro porque Ustane no se humilla. Sabiendo perfectamente lo que le espera, planta cara a la inmortal y le dice en voz alta lo que nadie se ha atrevido a decirle: que ella cuidó a ese hombre cuando se moría, que lo cubrió con su cuerpo cuando venían a matarlo, y que un amor de dos mil años que empieza por asesinar al amado no es amor, sino hambre. Ayesha la escucha hasta el final —y ahí está lo terrible— sin perder la compostura, casi admirándola. Después levanta la mano. Haggard no escribe un rayo ni un conjuro: escribe un gesto pequeño, casi perezoso, y una muchacha que cae. Leo, que llega un instante tarde, se arroja sobre el cuerpo y maldice a Ayesha llamándola demonio y jurando que la odiará mientras viva. Es el único momento en que el muchacho se le enfrenta de verdad, y dura muy poco.
El cadáver de Kallikrates
Para probar a Leo la verdad de toda la historia, y para vencer su horror tras la muerte de Ustane, Ayesha lo conduce a una cripta secreta y descubre ante él el cuerpo de Kallikrates, el verdadero, conservado intacto durante dos mil años, idéntico a Leo rasgo por rasgo. El joven se ve a sí mismo tendido como un muerto antiguo, y la impresión lo desarma por completo. Abrumado y seducido a la vez por la belleza sobrehumana y el amor sin fin de Ayesha —y aún débil de cuerpo y de voluntad—, acaba cediendo a su hechizo y aceptando el destino que ella le ofrece. La reina destruye entonces el antiguo cadáver con una llama: ya no lo necesita, porque su amado ha vuelto en carne viva. Su plan es grandioso y aterrador: dar a Leo la inmortalidad en el fuego sagrado y marchar con él a conquistar y gobernar, juntos y para siempre, el mundo entero.
Cuando lo dice en voz alta, Holly siente que se le hiela la sangre por una razón muy concreta: no es un delirio. Ayesha tiene el poder, el tiempo y la frialdad necesarios para hacerlo. Habla de derribar tronos y de reordenar naciones como quien planea un viaje, y cuando el profesor le objeta que eso costaría ríos de sangre, responde que los hombres se matan igual por motivos mucho peores y que al menos bajo su gobierno habría paz, porque nadie se atrevería a romperla. Holly comprende entonces que el verdadero peligro de aquella mujer no es su crueldad, sino su lógica: todo lo que dice encaja, y es justamente por eso por lo que resulta insoportable. Y se descubre a sí mismo, el sabio honrado, deseando en secreto que Leo se eche atrás.
El Pilar de Fuego
Para cumplirlo, Ayesha guía a Leo, a Holly y a Job en un viaje espantoso hacia las entrañas de un volcán, fuera ya del reino de Kôr. El camino es una pesadilla de días: ascienden por desfiladeros y descienden por túneles ardientes, bordean abismos sin fondo y cruzan cavernas donde el aire quema. Al final aguarda la última prueba, una de las escenas más angustiosas que se han escrito nunca. Del borde del precipicio sobresale sobre el vacío una enorme lengua de roca que se balancea, tan equilibrada que se mueve bajo el peso de un hombre como la cubierta de un barco. Hay que avanzar por ella hasta la punta, con el abismo rugiendo abajo, y esperar: solo durante unos minutos, al ponerse el sol, un haz de luz entra por una grieta de la montaña y alumbra, al otro lado, un estrecho saliente de piedra. Entonces se tiende una tabla desde la punta temblorosa hasta ese saliente, y se pasa por encima, uno a uno, sobre la nada.
Ayesha cruza la primera, sin inmutarse, ligera como si paseara. Leo pasa detrás, pálido. A Holly le fallan las piernas y pasa a gatas, agarrado a la madera con las dos manos, sin mirar abajo. Y Job, que ha renegado durante todo el viaje, cruza llorando de miedo y repitiendo que esto no es cosa de cristianos. Cuando los cuatro están al otro lado y la tabla se retira, el profesor cae de rodillas y comprende que ya no hay regreso posible hasta que vuelva a ponerse el sol al día siguiente.
Al fondo de la gran caverna final aguarda el prodigio: cada cierto tiempo, con un fragor creciente de trueno, rueda a través de la gruta el Pilar de Fuego, una inmensa columna giratoria de llamas de colores, el Espíritu de la Vida que otorga la juventud y la inmortalidad a quien se baña en él cuando pasa. Ayesha quiere que Leo entre en la llama para volverse eterno a su lado; pero el muchacho, humano al fin, retrocede aterrado ante aquel horno vivo y rugiente. Para darle valor y demostrarle que el fuego sagrado no hace daño, la reina sonríe, se despoja de sus velos y, radiante, decide entrar ella misma de nuevo en la columna, por segunda vez en su interminable vida.
La caída de la eterna
Y aquí ocurre lo que nadie esperaba, uno de los finales más célebres de toda la literatura fantástica. Bañarse una segunda vez en el fuego de la vida no multiplica el prodigio: lo deshace. Ante los ojos horrorizados de Leo y Holly, mientras ríe dentro de la llama, la belleza perfecta de Ayesha empieza a marchitarse a toda velocidad: en unos instantes recupera de golpe los dos mil años que el fuego le había robado. Se encoge, se arruga, su piel se vuelve pergamino y sus cabellos caen, hasta quedar convertida en una criatura diminuta y espantosa, poco mayor que un mono, que se desploma en el suelo de la caverna y muere. Antes de apagarse del todo, musita que aquello no es el final, que volverá a por su amado. El pobre Job, incapaz de soportar tanto horror, cae muerto allí mismo del espanto.
Lo más cruel del final es su detalle doméstico. Aquella cosa diminuta que agoniza en el suelo de la caverna sigue siendo ella: conserva la voz, apagándose, y los ojos, que son lo último que se apaga. Holly, que no puede soportar la escena, la cubre con un manto para no verla. Y mientras la tapa, piensa lo único que cabe pensar: que esa criatura fue, hace cinco minutos, la mujer más hermosa que ha existido, y que la diferencia entre una cosa y la otra ha cabido en el tiempo de respirar unas cuantas veces.
Deshechos, obligados a pasar la noche junto al cadáver de Job y a esperar al sol del día siguiente para cruzar de nuevo la tabla sobre el abismo, Leo y Holly logran al fin rehacer el camino imposible y escapar de aquel reino de muerte, guiados de vuelta por el viejo Billali, que los despide llamando a Holly «Babuino» por última vez. Leo sale de allí con los rizos dorados encanecidos: tiene veinticinco años y el pelo blanco de un anciano. Regresan a Inglaterra transformados para siempre, incapaces de olvidar a la mujer inmortal y esperando, en secreto y a la vez con temor, el día en que cumpla su promesa de regresar. Lo que el lector tiene entre las manos, recuerda Holly al cerrar, es precisamente eso: el informe que escribe un hombre que ya no espera nada de la vida salvo volver a verla.
El mito de la mujer eterna
Ella es mucho más que un relato de aventuras coloniales. Con el personaje de Ayesha, Haggard creó un arquetipo imborrable: el de la mujer de belleza y poder sobrehumanos, inmortal, sabia, seductora y terrible, que ha inspirado a autores, películas y a casi toda la fantasía posterior, de las hechiceras eternas a tantas reinas y diosas de la aventura moderna. Bajo la peripecia exótica, la novela plantea preguntas que no envejecen: ¿qué haríamos con la vida eterna?, ¿puede el amor sobrevivir dos mil años sin convertirse en locura?, ¿no es la propia muerte la que da sentido y medida a cuanto somos?
El éxito fue inmediato y no se ha apagado. La propia fórmula con que los amahagger nombran a su reina, «la-que-debe-ser-obedecida», pasó al habla inglesa como expresión corriente, medio en broma, para designar a quien manda de verdad en una casa. Freud leyó la novela con entusiasmo y la citó; Jung vio en Ayesha una de las encarnaciones más puras de lo que él llamaba el alma femenina que todo hombre lleva dentro y proyecta fuera. Escritores de generaciones posteriores crecieron con ella, y su huella se reconoce en buena parte de la literatura fantástica que vino después, desde las reinas ocultas de los mundos perdidos hasta las hechiceras inmortales que hoy nos parecen de toda la vida. El cine la adaptó desde los tiempos del mudo y ha vuelto a ella una y otra vez. El propio Haggard, que no supo desprenderse de su criatura, le dedicó varias novelas más para contar su regreso y su origen.
Conviene además leerla sabiendo de dónde viene. Es un libro de 1887, escrito por un inglés que había servido en África, y arrastra sin disimulo la mirada de su imperio y de su siglo sobre los pueblos que describe. Pero en su centro hay algo que desmiente esa misma época: en un tiempo en que a las mujeres de las novelas se les reservaba el papel de premio o de víctima, Haggard puso en el trono a una mujer que sabe más, puede más y manda más que todos los hombres del libro juntos, y construyó la historia entera alrededor de su voluntad. Ayesha no acompaña a nadie: la novela ocurre porque ella quiere.
Al final, Ella nos deja una advertencia tan antigua como humana: que la belleza, el poder y hasta la vida sin fin son dones frágiles y envenenados, y que empeñarse en burlar para siempre a la muerte puede costar, en un solo instante y de un modo atroz, todo aquello que de verdad importaba conservar.