El código Da Vinci
El código Da Vinci es uno de los mayores fenómenos editoriales de la historia reciente: ochenta millones de ejemplares, decenas de idiomas y una polémica mundial que lo acompañó durante años. Es un thriller trepidante que, en el transcurso de una sola noche, enlaza un crimen en el museo más famoso del planeta con los símbolos del arte renacentista, una cadena de códigos cada vez más intrincados y una teoría explosiva sobre los orígenes del cristianismo. Conviene recordar desde el principio que sus afirmaciones históricas y religiosas son el motor de ficción de la novela, no hechos probados; el propio relato juega a confundir el límite entre lo real y lo inventado, y en eso reside buena parte de su fuerza. Este es el recorrido completo de la trama, con todos sus giros y su desenlace.
La acción entera cabe en unas veinticuatro horas vertiginosas y enlaza París con Londres y Escocia, el Louvre con una abadía y una capilla, sin apenas dar respiro. En su centro, dos personas que no se conocían al anochecer —un profesor de símbolos y una joven criptógrafa— se ven arrastradas a una persecución en la que cada acertijo resuelto abre otro más hondo, y en la que nunca es fácil saber quién dice la verdad y quién finge decirla.
Un asesinato en el Louvre
Es más de medianoche cuando, en la Gran Galería del museo del Louvre, un monje albino, corpulento y de ojos rojizos llamado Silas acorrala al anciano conservador Jacques Saunière. A punta de pistola le exige que le revele un secreto que una hermandad protege desde hace siglos: el escondite de una «clave de bóveda», una piedra cifrada que, según la leyenda, conduce al mayor tesoro de la cristiandad. Saunière, de setenta y seis años, comprende que no saldrá vivo de aquella sala, y para ganar unos instantes le da la misma pista falsa que —asegura Silas— han confesado ya, esa misma noche y por separado, otros tres hombres antes de morir. Convencido de que todos han dicho lo mismo y de que, por tanto, debe de ser verdad, el monje le dispara en el vientre y lo deja solo en la penumbra.
La herida es mortal, pero lenta: al conservador le quedan quizá quince minutos de lucidez. Y es entonces cuando hace algo asombroso. En lugar de pedir auxilio, decide emplear ese tiempo final en montar un elaborado rompecabezas para una persona muy concreta, la única capaz de entenderlo. Arrastrándose por el parqué, descuelga una valiosísima pintura para disparar la alarma y quedar encerrado a solas con su mensaje; luego se desnuda y coloca su cuerpo en el centro de la galería imitando el famoso Hombre de Vitruvio de Leonardo, con brazos y piernas extendidos dentro de un círculo imaginario. Se dibuja sobre el vientre, con su propia sangre, una estrella de cinco puntas —un pentáculo—, y escribe en el suelo y en las obras cercanas, con un rotulador de tinta invisible que solo se ve bajo luz ultravioleta, una serie de líneas cifradas. Todo cuanto hace es deliberado: cada gesto es una letra de un último grito en clave, lanzado por un hombre que muere guardando un secreto milenario.
Cada detalle de esa escena macabra es, en realidad, un mensaje. El cuerpo tendido como el Hombre de Vitruvio alude a Leonardo; el pentáculo remite a un símbolo muy anterior al cristianismo; la desnudez, la postura, la posición exacta en el centro de la sala, todo apunta en una dirección que una sola persona en el mundo sabrá leer. Saunière no está dejando las huellas de su asesino, sino un camino de migas para su nieta, confiando en que ella llegue antes que sus enemigos. El conservador muere, literalmente, escribiendo con los últimos minutos de su vida la primera página del enigma.
El profesor Langdon y el capitán Fache
El protagonista es Robert Langdon, profesor de Harvard experto en simbología religiosa, que se encuentra de paso en París para dar una conferencia y duerme en su hotel cuando la policía judicial lo despierta de madrugada. Lo conducen al Louvre, donde lo recibe el severo y desconfiado capitán Bezu Fache, un hombre de mandíbula dura y métodos implacables. Fache le pide, dice, que el experto le ayude a descifrar la macabra escena del crimen: junto al cadáver, Saunière ha dejado con tinta invisible unos números aparentemente caóticos y dos líneas de texto absurdo.
Lo que Langdon ignora es que había una tercera línea, una posdata que ordenaba buscarlo precisamente a él, y que Fache la ha borrado en secreto de la escena. El capitán está convencido de que el profesor es el asesino, y lo ha hecho venir no para que colabore, sino para vigilarlo de cerca, con un diminuto localizador escondido en el bolsillo de su chaqueta. Así, mientras Langdon cree estar asesorando a la policía, es en realidad el principal sospechoso de un homicidio, atrapado sin saberlo en el museo más visitado del mundo y en plena noche. La trampa se ha cerrado sobre él antes incluso de que entienda que hay una trampa.
La novela aprovecha estos primeros compases para presentarnos a Langdon: un hombre metódico y racional, famoso por sus libros sobre símbolos, que arrastra desde niño un miedo cerval a los espacios cerrados. Fache le muestra una fotografía del cadáver y le pide que interprete el pentáculo y la postura, tanteándolo mientras lo vigila de reojo. El profesor, convencido de que está ayudando a la justicia, va ofreciendo sin darse cuenta las mismas claves que, a ojos del capitán, lo hunden un poco más. Todo transcurre contra reloj: en unas pocas horas, antes del alba, Langdon pasará de sospechoso a fugitivo, y de fugitivo a descifrador del mayor enigma de su vida.
Sophie Neveu y los anagramas
En plena escena del crimen irrumpe Sophie Neveu, una joven y brillante criptógrafa de la policía científica que resulta ser, además, la nieta distanciada de Saunière. Con el pretexto de traer un mensaje telefónico urgente, consigue hablar a solas con Langdon y lo pone sobre aviso: Fache le ha colocado un localizador y está a punto de detenerlo por un crimen que no ha cometido. Sophie ha comprendido algo que a sus superiores se les escapa: parte del mensaje de su abuelo va dirigido a ella, porque de niña él la llamaba «Princesa Sophie» y firmaba sus notas con las iniciales «P. S.».
Juntos empiezan a leer lo que Saunière escribió al morir. Los números garabateados en el suelo —13, 3, 2, 21, 1, 1, 8, 5— no son caóticos: son la sucesión de Fibonacci desordenada, aquella serie en la que cada cifra es la suma de las dos anteriores. Y las dos líneas de texto incomprensible son anagramas: al reordenar sus letras, las frases absurdas revelan los nombres de «Leonardo da Vinci» y de la Mona Lisa. El conservador muerto los está guiando, paso a paso, de una pista a la siguiente, como una cadena de cajas que se abren una dentro de otra; y es su propia nieta, con su don para los códigos, la única persona del mundo capaz de seguir el rastro.
El rito que separó a Sophie de su abuelo
Mientras descifran los enigmas, Sophie carga con una herida antigua. Años atrás había roto con Saunière —el hombre que la había criado tras morir sus padres— y desde entonces no se hablaban. El motivo era un recuerdo que nunca se atrevió a contarle a nadie: una noche, sin avisar, regresó a la casa de campo de su abuelo y lo sorprendió en el sótano, en mitad de un extraño rito secreto, rodeado de personas enmascaradas que entonaban cánticos en torno a una ceremonia que la niña, ya adolescente, no entendió y que la llenó de espanto y vergüenza.
Solo mucho más tarde, a lo largo de aquella noche, comprenderá lo que vio. Aquel rito no era una aberración, sino una ceremonia antiquísima que la hermandad de su abuelo celebraba en secreto: una liturgia que, según la novela, veneraba la unión y lo femenino como camino hacia lo divino, una reliquia de cultos muy anteriores al cristianismo. El malentendido de aquella noche había separado durante años a la nieta del único hombre que la quería, y Saunière había muerto sin poder explicárselo. Su último mensaje es, también, un intento desesperado de tender un puente hacia ella por encima de la muerte.
La huida por el Louvre
Langdon comprende que, si lo detienen esa noche, nunca podrá demostrar su inocencia ni resolver el misterio por conocer el cual su propia vida corre peligro. Con un truco ingenioso, localiza el diminuto aparato que la policía le ha deslizado encima, lo clava en una pastilla de jabón y lo lanza por una ventana al techo de un camión que pasa junto al muelle: en la pantalla de Fache, el punto que creía ser Langdon se aleja a toda velocidad por las orillas del Sena. Mientras el capitán lanza a sus hombres tras esa pista falsa, el profesor y Sophie se internan de nuevo en las salas del museo.
Ante la Mona Lisa, en cuyo cristal protector Saunière ha dejado otro mensaje escrito con tinta invisible, descubren una nueva indicación que los envía hacia otro cuadro de Leonardo: la Virgen de las Rocas. Oculta tras el marco de esa pintura encuentran la siguiente pieza del rompecabezas: una pesada llave dorada con forma de cruz de brazos iguales, grabada con una flor de lis y las mismas iniciales «P. S.». Langdon reconoce que no remiten solo a «Princesa Sophie»: son el emblema de una sociedad secreta, el Priorato de Sión, de la que Saunière debía de ser miembro principal. Con los guardias cerrándoles los pasillos, los dos fugitivos logran escabullirse del Louvre y salir a la calle, llevándose la llave.
El mensaje dejado sobre la Mona Lisa no era un insulto al azar, sino otro anagrama que señalaba un segundo cuadro de Leonardo; y el escrito oculto tras la Virgen de las Rocas no amenazaba a Sophie, sino que protegía la llave de miradas indiscretas. Mientras recorren a oscuras unas salas que conocen de memoria, maestro y nieta van comprendiendo que Saunière lo había dispuesto todo con la paciencia de un relojero, encadenando obra tras obra para que solo quien amase el arte y supiera descifrarlo pudiera avanzar. La huida física por los pasillos del museo es, a la vez, una huida hacia el interior de un enigma cada vez más hondo.
La leyenda del Priorato de Sión
Langdon le explica a Sophie qué es, según la tradición que maneja la novela, aquella hermandad cuyo signo acaban de encontrar. El Priorato de Sión sería una sociedad europea antiquísima y real, fundada hace casi mil años, dedicada a custodiar un secreto capaz de sacudir los cimientos de la Iglesia. A lo largo de los siglos lo habrían dirigido, como grandes maestres, algunos de los nombres más luminosos de la cultura occidental —se citan Leonardo da Vinci, Isaac Newton o Botticelli—, y su brazo armado habrían sido los Caballeros Templarios, enriquecidos y temidos hasta que la corona y el papado los destruyeron en un solo golpe.
La hermandad se organizaba en torno a un gran maestre y tres «senescales» que compartían el secreto, de modo que ninguna persona sola pudiera traicionarlo del todo. Por eso los asesinatos de aquella noche son tan precisos: alguien ha ido matando, a la misma hora, al maestre y a sus tres lugartenientes, para arrancarles el escondite de la clave de bóveda antes de que pudieran avisarse. Saunière, el último en morir, ha tenido apenas el tiempo justo de poner a salvo el secreto confiándoselo, cifrado, a la única heredera posible: su nieta.
La propia disposición del crimen refuerza esa idea de legado. Al morir junto a sus tres compañeros, Saunière no es solo la víctima de una conspiración: es el último eslabón consciente de una cadena milenaria que, de romperse esa noche, se perdería para siempre. De ahí la urgencia y el ingenio de su mensaje; y de ahí también que elija como depositaria a Sophie y no a la policía, pues el secreto no debe caer en manos de la ley ni de la Iglesia, sino volver a la sangre de quien, sin saberlo, está destinada a custodiarlo.
Silas y el falso escondite de Saint-Sulpice
Entretanto, Silas cumple su encargo. La pista falsa que los cuatro moribundos repitieron sitúa la clave de bóveda en la iglesia parisina de Saint-Sulpice, bajo la llamada «Línea de la Rosa», una antigua línea de bronce incrustada en el suelo del templo que marca un meridiano y sube por un obelisco de piedra. Guiado por esa indicación, el monje acude de noche a la iglesia, levanta la losa señalada al pie del obelisco y encuentra, en lugar del tesoro, una simple placa con un versículo del Libro de Job: «Hasta aquí llegarás, y no pasarás».
Silas comprende de golpe que lo han engañado, que los cuatro hombres mintieron al unísono para proteger el secreto hasta con su último aliento. Ciego de rabia y de fervor, descarga su furia sobre la anciana hermana Sandrine, la religiosa que custodia la iglesia y que, en realidad, era también una vigilante secreta de la hermandad, encargada de dar la alarma si alguien profanaba aquel lugar. Alcanza a lanzar su aviso justo antes de morir a manos del monje. El engaño ha funcionado, pero ha costado una vida más en una noche ya sembrada de cadáveres.
La escena de Saint-Sulpice muestra además hasta dónde llega la red del secreto: incluso una humilde religiosa que cuidaba de una iglesia formaba parte, sin que nadie lo sospechara, del sistema de vigilancia del Priorato. Durante siglos, gente corriente habría protegido en silencio aquella verdad, dispuesta a morir antes que a revelarla. Frente a esa lealtad callada, la fe fanática de Silas, convencido de servir a Dios mientras ejecuta las órdenes de un desconocido al teléfono, resulta todavía más trágica: mata y muere por una causa que ni siquiera es la que él cree.
El Banco de Depósitos de Zúrich
La llave con forma de cruz conduce a Langdon y Sophie a una discreta sucursal parisina del Banco de Depósitos de Zúrich, una entidad blindada y famosa por su hermetismo, que custodia cajas fuertes anónimas accesibles solo con una llave y un número de cuenta. Ninguno de los dos conoce ese número… hasta que Sophie cae en la cuenta de que lo tienen delante desde el principio: la sucesión de Fibonacci que su abuelo dejó garabateada, puesta ahora en su orden correcto, forma la clave exacta. En la caja los espera un pesado cofre de madera de palisandro con una rosa de cinco pétalos taraceada en la tapa.
La policía no tarda en avisar al banco de que busca a dos fugitivos, y el director de la sucursal, André Vernet —viejo amigo de Saunière y, en secreto, leal a la hermandad—, decide ayudarlos: los esconde en la caja de un furgón blindado y los saca él mismo, tranquilamente, por el control policial. Pero, una vez a salvo, la codicia puede más que la lealtad, y al comprender el valor de lo que transporta, Vernet los encañona para quedarse con el cofre. Langdon y Sophie logran reducirlo con otra treta y escapan con el furgón y su tesoro, rumbo a la única persona que, creen, podrá decirles qué guardan.
En apenas unas horas, dos desconocidos que esa misma tarde no se habían visto nunca han burlado a la policía de París, han vaciado una caja fuerte suiza y han robado un furgón blindado, con un cofre centenario entre las manos y sin la menor idea de cómo abrirlo. La noche, sin embargo, no ha hecho más que empezar.
El críptex y el poema escrito al revés
Dentro del cofre de palisandro está el objeto en torno al cual gira toda la novela: la clave de bóveda de la hermandad resulta ser un críptex, un ingenioso cilindro de piedra y latón inspirado en los diseños del propio Leonardo. Funciona como una caja fuerte portátil: en su interior guarda un mensaje escrito sobre un fino papiro, enrollado alrededor de un frágil frasco de vinagre. El cilindro solo se abre alineando una contraseña con sus cinco discos de letras giratorios; si alguien intenta forzarlo, el frasco se rompe, el vinagre disuelve el papiro y el secreto se pierde para siempre. Es, a la vez, una cerradura y una amenaza.
Bajo la rosa taraceada de la tapa, Sophie descubre un poema grabado en una lengua extraña que, al acercarlo a un espejo, se revela escrito al revés —un viejo truco que Leonardo empleaba en sus cuadernos para proteger sus notas—. Los versos prometen que «una antigua palabra de sabiduría» liberará el pergamino, y hablan de una «lápida venerada por los templarios» como clave del enigma. Langdon y Sophie tienen en las manos la cerradura de un gran misterio, pero no la palabra que la abre; y el tiempo apremia, porque tras ellos van tanto la policía como un enemigo todavía sin rostro.
El críptex resume, él solo, el espíritu entero del libro: un ingenio renacentista que premia la inteligencia y castiga la fuerza bruta, porque la violencia no abre el secreto, lo destruye. Para avanzar no basta con poseer la caja; hay que merecerla, reconstruyendo el pensamiento de quienes la fabricaron. Langdon y Sophie comprenden que cada capa del enigma fue pensada para filtrar a los indignos, y que el propio Saunière, al diseñar aquel rastro, confiaba más en el ingenio de su nieta que en cualquier cerradura de metal.
Leigh Teabing y el verdadero Santo Grial
Para descifrar el críptex acuden, a las afueras de París, a un viejo amigo de Langdon: el erudito británico sir Leigh Teabing, un apasionado y excéntrico historiador, aquejado de los estragos de la polio, que ha dedicado su fortuna y su vida entera a buscar el Santo Grial. Vive en una lujosa mansión, el Château Villette, atendido por su mayordomo Rémy. Teabing acoge a los fugitivos y les revela, con entusiasmo de converso, la teoría que es el corazón del libro. Según él, el Grial no es la copa que Jesús usó en la Última Cena, como cree todo el mundo, sino un secreto mucho mayor, custodiado durante siglos por el Priorato de Sión.
El verdadero Grial, sostiene Teabing, sería María Magdalena: no la pecadora arrepentida que la tradición pintó más tarde, sino la esposa de Jesús y la madre de su descendencia. La propia palabra «Sangreal», que suele leerse como «San Greal» —Santo Grial—, se partiría en realidad como «Sang Real», es decir, «sangre real». El cáliz que contiene esa sangre sagrada sería la propia Magdalena, portadora del linaje, y la copa que lo simboliza, el vientre que lo perpetuó. Existirían, además, unos documentos secretos, los documentos del Sangreal, y la tumba perdida de la Magdalena, capaces de probarlo todo. La Iglesia, afirma la novela, habría ocultado durante dos mil años esta verdad y reprimido lo que llama «lo femenino sagrado», la antigua veneración de la mujer como fuente de la vida.
Para apoyar su tesis, Teabing despliega ante Sophie una biblioteca entera de indicios. Le muestra textos antiguos que, según él, hablan del vínculo singular entre Jesús y la Magdalena; recuerda que, en la sociedad judía de la época, un hombre en la posición de Jesús difícilmente habría permanecido soltero; y sostiene que fue ella, y no el apóstol Pedro, quien estaba llamada a encabezar la Iglesia naciente, hasta que una tradición posterior la rebajó a la figura de la pecadora para apartarla del poder. Sophie escucha a la vez fascinada e incrédula, sin sospechar todavía que su entusiasta anfitrión tiene motivos muy oscuros para desear que el mundo entero conozca esa historia.
Constantino, Nicea y la Biblia
El relato pone en boca de Teabing la parte más polémica de toda su teoría: la del origen de la divinidad de Jesús. Según la novela, durante los primeros siglos muchos de sus seguidores lo veneraron como un gran profeta y maestro, pero mortal. Habría sido el emperador romano Constantino quien, en el siglo IV, lo convirtió oficialmente en el Hijo de Dios, por razones tanto espirituales como políticas: un Imperio escindido entre el viejo paganismo y el cristianismo creciente necesitaba una religión única y poderosa que lo mantuviera cohesionado.
En el Concilio de Nicea, en el año 325, los obispos habrían ratificado de manera oficial la naturaleza divina de Cristo —según la novela, por una votación relativamente ajustada—, y desde entonces esa doctrina se volvió verdad incuestionable. Constantino, un pagano que no se bautizó hasta su lecho de muerte, habría fundido además símbolos del antiguo culto al sol con la nueva fe, desde el día de descanso hasta el calendario de las fiestas. Y habría encargado una Biblia que recogiera solo los evangelios favorables a su versión, dejando fuera y condenando como herejes aquellos otros —los llamados evangelios gnósticos, hallados siglos más tarde en el desierto— que presentaban a un Jesús más humano y hablaban de su cercanía con María Magdalena. La historia oficial, concluye Teabing, la escribieron los vencedores.
Los códigos de Leonardo
Teabing y Langdon muestran a Sophie cómo esa supuesta verdad estaría escondida, a plena vista, en el arte de los siglos. Interpretan La Última Cena de Leonardo asegurando que la figura sentada a la derecha de Jesús no es el apóstol Juan, como se cree, sino una mujer de rasgos delicados —María Magdalena—; señalan que en la mesa no hay ninguna copa central que pudiera ser el Grial, y que las siluetas de Jesús y esa figura femenina dibujan entre ambas una gran «V», símbolo antiquísimo del cáliz y del seno materno, mientras el conjunto sugiere también la letra «M», de María.
Van más allá: explican que incluso el pentáculo que Saunière se trazó al morir era, en su origen, un emblema de Venus y de la diosa, y no un signo diabólico; que la Iglesia habría ido convirtiendo, con los siglos, los antiguos símbolos de lo sagrado femenino en marcas del mal. Para la novela, Leonardo —uno de los supuestos grandes maestres del Priorato— habría sembrado sus obras de pistas para quien supiera mirar. El arte se transforma así en un mapa cifrado hacia el mayor misterio de Occidente, y cada cuadro, cada símbolo, en una página de una historia que alguien quiso borrar.
La propia Mona Lisa, añaden, escondería ese mismo juego: su sonrisa, que no es del todo masculina ni del todo femenina, encarnaría la unión de los contrarios, y hasta su nombre podría leerse como un guiño a antiguas divinidades egipcias de lo masculino y lo femenino. Sea cierto o no —y los historiadores del arte lo niegan—, a la novela le basta con sembrar la duda: una vez que se aprende a mirar de ese modo, cada obra parece guardar un secreto, y resulta imposible dejar de buscarlo.
El cáliz y la hoja
En esa larga noche de revelaciones, Teabing y Langdon enseñan también a Sophie el lenguaje secreto de dos símbolos antiquísimos. Un trazo en punta hacia arriba, como una hoja o la punta de una espada, representaría lo masculino; su opuesto, abierto como una copa, representaría el cáliz, el seno materno, lo femenino. Unidos, encajado el uno dentro del otro, forman la estrella de seis puntas, viejo signo de la fusión armoniosa de ambos principios. Según la novela, las religiones más antiguas honraban por igual lo masculino y lo femenino, y veían en la mujer, capaz de engendrar vida, una puerta natural hacia lo divino.
Esa veneración —sostiene el relato— sería la que el cristianismo posterior persiguió hasta casi borrarla, convirtiendo los antiguos símbolos de la diosa en marcas del pecado y del demonio. Y solo entonces comprende Sophie, al fin, lo que había visto de niña en el sótano de su abuelo: no una aberración, sino el último rescoldo de aquella liturgia secreta que el Priorato guardaba, una ceremonia que celebraba la unión como algo sagrado y no vergonzoso. El recuerdo que la había alejado de Saunière durante años cambia de sentido por completo, y con él, la imagen entera del hombre que la crió.
Silas, el Opus Dei y el obispo Aringarosa
Mientras los protagonistas descifran enigmas, una fuerza oscura va matando a todo el que sabe demasiado. El ejecutor es Silas, el monje albino, un hombre atormentado al que de niño la miseria, el desprecio por su aspecto y la violencia convirtieron en un criminal, y al que un sacerdote, el obispo Aringarosa, rescató un día de la cárcel y de la calle devolviéndole la fe y un nombre. Fanático y agradecido hasta la ceguera, Silas se mortifica la carne con un cilicio de púas ceñido al muslo y se azota la espalda, convencido de que el dolor purifica, y mata persuadido de servir a Dios. Actúa bajo la protección de Aringarosa, alto dirigente de la organización católica Opus Dei, y a las órdenes de un enigmático personaje al que solo conoce por teléfono y que se hace llamar «el Maestro».
Pero el propio Aringarosa ha sido engañado. El Maestro le ha prometido entregarle el secreto del Grial —un arma con la que, cree el obispo, el Opus Dei podría defenderse en un momento en que el Vaticano amenaza con recortar su influencia—, y a cambio le ha hecho reunir una fortuna en bonos al portador imposibles de rastrear. Ha sido ese Maestro quien, sirviéndose de la fe ciega de Silas y de la desesperación de Aringarosa, ha ordenado los cuatro asesinatos de la noche. El obispo y el monje creen estar librando una guerra santa; en realidad son solo peones en una partida que no alcanzan a ver.
El asalto a Château Villette y la huida a Inglaterra
La persecución se precipita. Siguiendo el rastro del críptex, Silas irrumpe de noche en el Château Villette para robarlo, ayudado en secreto desde dentro por el mayordomo Rémy, que —se descubrirá más tarde— también trabaja para el Maestro. En medio del caos, los protagonistas consiguen reducir al monje y maniatarlo. Pero la policía estrecha el cerco: el teniente Collet, subordinado de Fache, rodea la finca con sus hombres.
Con el tiempo justo, Langdon, Sophie y Teabing —llevándose consigo el críptex y a Silas prisionero— escapan en el avión privado del erudito desde un pequeño aeródromo, rumbo a Inglaterra. A la llegada, el ingenio y el dinero de Teabing burlan el control de aduanas, y el grupo se interna en Londres tras la siguiente pista del enigma. La cacería ha saltado de un país a otro sin que ninguno de los fugitivos haya dormido ni un minuto, y sin que sepan todavía que el peligro mayor viaja sentado a su lado.
En el aire, mientras creen haber dejado atrás a sus perseguidores, los tres se entregan por completo a resolver el poema del cofre, sin reparar en que es precisamente su anfitrión quien más interés tiene en que lo consigan. Teabing los anima, los corrige, celebra cada avance: un maestro de ceremonias que conduce a sus invitados, sonriente y solícito, hacia el final que él mismo ha preparado.
La palabra «Sofía»
Durante el vuelo logran, por fin, resolver el poema del cofre. La «antigua palabra de sabiduría» que abre el críptex se esconde tras la «lápida venerada por los templarios»: aplicando un viejo método de cifrado hebreo —el atbash, que sustituye cada letra por su simétrica en el alfabeto—, el nombre asociado a los templarios se transforma en el de una antigua diosa de la sabiduría, Sofía. Al componer esa palabra en los cinco discos, el cilindro cede.
Pero dentro no está el secreto final. Lo que aparece es un segundo críptex, más pequeño, encajado dentro del primero, acompañado de un nuevo acertijo en verso que habla de «un caballero a quien un Papa dio sepultura» en Londres y de un «orbe» que debería adornar su tumba. El misterio tiene todavía otra capa, como las muñecas rusas que Saunière tanto amaba, y la búsqueda debe continuar bajo la lluvia inglesa.
La traición del Maestro
Y entonces cae la gran revelación de la novela. El misterioso «Maestro» que mueve los hilos, ordena los crímenes y manipula al Opus Dei no es ningún enemigo lejano: es el propio sir Leigh Teabing, el amigo entrañable que fingía ayudarlos. Obsesionado hasta la locura con desvelar al mundo el secreto del Grial y con castigar a la Iglesia por haberlo ocultado durante dos mil años, Teabing ha usado a Aringarosa, a Silas y a su propio criado Rémy como piezas de ajedrez.
Y se ha servido también de Langdon y Sophie —los únicos capaces de resolver los enigmas de Saunière— para que hicieran por él el trabajo que nadie más podía hacer. Frío y sin escrúpulos, se deshace de Rémy en cuanto deja de serle útil, aprovechando a traición su grave alergia a los frutos secos, y abandona a Silas y a Aringarosa a su suerte. Al fin se quita la máscara y, pistola en mano, exige a Langdon que descifre y abra ante él el último críptex. El hombre que parecía el guía bondadoso de toda la aventura es, en realidad, el asesino que la puso en marcha.
Mirando atrás, todas las piezas encajan de golpe. Fue Teabing quien, para no despertar sospechas, llegó a fingirse él mismo prisionero y víctima de sus propios secuaces; fue él quien azuzó la ambición de Aringarosa con la promesa del Grial y quien dirigió por teléfono cada paso de Silas. Durante toda la noche, el enemigo había viajado con ellos, comido a su mesa y reído con sus hallazgos, mientras los empleaba como las manos expertas que su cuerpo enfermo no tenía. La lección es amarga: el peligro no llevaba el hábito del monje albino, sino la sonrisa afable del amigo de siempre.
La tumba de Newton y la palabra «manzana»
Ya en Londres, el acertijo del segundo críptex los lanza a una búsqueda contrarreloj por la ciudad. «Un caballero a quien un Papa dio sepultura»: la primera lectura los arrastra hacia la vieja Temple Church, el templo redondo de los Caballeros Templarios, sembrado de efigies de caballeros tallados en piedra. Pero allí no hay respuesta, solo tiempo perdido y peligro; es una pista falsa más en una historia hecha de espejismos. Releyendo con calma cada palabra del verso, los dos comprenden que el «Papa» del enigma no se escribe con letras de pontífice.
El verdadero «caballero a quien un Papa dio sepultura» no es ningún cruzado, sino sir Isaac Newton, enterrado allí y elogiado en su día por el escritor Alexander Pope: el «Papa» del verso era, en realidad, un juego de palabras con el apellido Pope, que en inglés significa «papa». Ante el gran monumento al sabio, acorralados por Teabing, Langdon y Sophie resuelven el enigma del segundo cilindro.
El «orbe» que, según el poema, debería adornar la tumba y sin embargo falta es la manzana: el fruto que, según la leyenda, inspiró a Newton la ley de la gravedad, y a la vez símbolo antiquísimo del conocimiento prohibido y de la caída del Edén. La palabra clave resulta ser, en inglés, «apple». Compuesta en los discos, el segundo críptex se abre al fin. Toda la cadena de códigos iniciada aquella noche en el Louvre llega a su último eslabón.
La caída de los culpables
El plan criminal se desmorona en el instante de su triunfo. Langdon, más rápido de mente que su captor, ha logrado vaciar a escondidas el críptex antes de entregárselo, de modo que Teabing, al abrirlo con ansia, no encuentra nada en su interior. La policía británica, guiada por un Fache que ha comprendido por fin su error —Langdon era inocente desde el principio—, detiene al erudito en la propia abadía, derrotado y delirante.
Entretanto, el destino cierra sus cuentas con los demás. El desdichado Silas, acorralado por la policía en una residencia del Opus Dei, hiere por accidente de muerte al obispo Aringarosa, el único hombre que lo había tratado como a un hijo, y cae poco después abatido a tiros, musitando una última oración mientras cree ver amanecer. Aringarosa, agonizante, comprende que el Maestro lo manipuló y engañó desde el primer día, y entrega su fortuna en bonos para reparar, en lo posible, el daño causado, muriendo arrepentido. La cadena de crímenes de aquella noche interminable se cierra, por fin, sobre sus propios autores.
Es un desenlace de una justicia casi moral: cada culpable cae por aquello mismo que lo movía. La codicia de Vernet, el fanatismo de Silas, la soberbia de Teabing y hasta la desesperación bienintencionada de Aringarosa se vuelven, una a una, contra ellos. Y el único que sale indemne es, significativamente, quien nunca quiso el tesoro para sí: Langdon, que solo deseaba comprender. En la novela, el conocimiento recompensa a quien lo busca por amor a la verdad y destruye a quien lo persigue por poder o por orgullo.
El secreto de Sophie
El mensaje del último críptex no da coordenadas para que el mundo profane el tesoro, sino un poema que conduce a los protagonistas a la capilla de Rosslyn, en Escocia, un enigmático templo tallado de símbolos y asociado desde siempre a la leyenda del Grial. Allí, Sophie vive la revelación más íntima de toda la historia: encuentra con vida a su abuela, a quien creía muerta en el mismo accidente de carretera que, años atrás, se había llevado a sus padres, y descubre que su hermano, al que daba por desaparecido, también vive.
Comprende entonces la verdad sobre sí misma. Su abuelo, Saunière, había fingido aquellas muertes y separado y escondido a la familia para protegerla, porque Sophie desciende del antiguo linaje sagrado, la estirpe que —según la novela— se remonta nada menos que a Jesús y a María Magdalena. La nieta del conservador no solo había pasado la noche persiguiendo el Grial: en cierto sentido, ella misma es su última heredera viva, «la sangre real» hecha carne. El secreto que tantos hombres habían matado y muerto por poseer latía, sin saberlo, en sus propias venas.
En Rosslyn, su abuela le revela que el Priorato no custodiaba aquel secreto para desenterrarlo y mostrarlo al mundo, sino para protegerlo y mantenerlo vivo hasta que llegara, si es que llegaba, el momento oportuno. Durante siglos, la hermandad había preferido el silencio al escándalo, convencida de que la fuerza del Grial estaba en lo que inspiraba, no en lo que podía demostrarse. Sophie, que había empezado la noche como una criptógrafa más resolviendo un crimen, la termina reconciliada con la memoria de su abuelo y rodeada de la familia que creía perdida, dueña de una verdad que ahora le toca a ella decidir si algún día habrá de contarse.
Bajo la Pirámide Invertida
El poema final no revela, en realidad, dónde está enterrado el Grial, sino que devuelve a Langdon —ya solo, días después— al punto de partida: a París. Descifrando el último verso, el profesor comprende por fin dónde reposa en verdad el tesoro: bajo la Pirámide Invertida de cristal del Louvre, en una cámara señalada por una pequeña pirámide de piedra que asciende del suelo hacia su vértice, allí donde «la hoja y el cáliz» —los antiguos símbolos de lo masculino y lo femenino— custodian la entrada.
En la última escena, en el museo dormido, Langdon intuye bajo sus pies el sarcófago perdido de María Magdalena y los documentos que guardarían su historia. Y, por primera vez en su vida de escéptico, cede a un impulso que no sabría explicar: se arrodilla en silencio, sobrecogido, ante el misterio que ha perseguido toda la noche y que acaso sea mejor no desenterrar jamás.
Y en ese gesto se cifra el sentido último de la novela. Lo que importa, parece decirnos, no es tanto desenterrar el cofre y acabar con el misterio, cuanto la búsqueda misma y lo que esta despierta en quien la emprende: la capacidad de asombro, la sospecha de que el mundo guarda más de lo que muestra. El tesoro, al fin, no era una copa ni un sepulcro, sino una pregunta; y Langdon, el escéptico, la deja sabiamente abierta.
Las claves de un fenómeno
El código Da Vinci no inventó las teorías que maneja —beben de viejas leyendas medievales y de ensayos anteriores, hoy muy discutidos por los historiadores—, pero las ensambló en un thriller tan adictivo que dio la vuelta al mundo. Su publicación desató un debate enorme, y a menudo agrio, sobre la historia del cristianismo, el papel de la mujer en la religión y la delgada frontera entre la ficción y la realidad; hubo réplicas, documentales, demandas y una polémica que durante años no se apagó. Pocos libros recientes han conseguido que millones de lectores que nunca pisan una biblioteca discutieran de pintura renacentista, de concilios y de códigos antiguos.
Su fuerza está en el ritmo —una sola noche, un enigma tras otro, sin tregua— y en una idea irresistible para cualquiera: que los grandes secretos podrían estar escondidos a plena vista, en los cuadros y los monumentos que creemos conocer de memoria, esperando solo a que alguien aprenda a mirarlos de otro modo. El lector se convierte, página a página, en un descifrador más, tan ansioso como los personajes por llegar a la siguiente pista.
Al final, la novela nos deja a la vez una fascinación y una advertencia. Nos recuerda que la historia la escriben los vencedores, y que conviene mirar con ojos curiosos aquello que damos por sentado; pero también que no todo lo que se cuenta con brillantez es, por ello, verdad. Separar el enigma apasionante del hecho comprobado queda, como siempre, en manos de quien lee.