Lewis Carroll es mucho más que el autor de Alicia en el país de las maravillas. Detrás de ese nombre célebre hay una persona que guardó con recelo su intimidad, y es esa persona —no la fama— la que esta nueva sección quiere mirar con respeto: los logros de los que poco se sabe y los momentos que marcaron una vida, sin juzgar a nadie.
Lewis Carroll y el tartamudeo que escondía un nombre
Charles Lutwidge Dodgson —ese era su verdadero nombre— tartamudeaba. Al pronunciar su apellido le salía «Do-Do-Dodgson», y por eso se dibujó a sí mismo en el cuento como el Dodo, aquella ave torpe y entrañable. El seudónimo nació de latinizar e invertir sus dos nombres de pila, Charles Lutwidge. Además, era zurdo y profesor de matemáticas en Christ Church, en Oxford; por eso la lógica disparatada de Alicia no es casual, sino que viene de sus trabajos reales sobre lógica matemática.
Lewis Carroll, un inventor que escribía en la oscuridad
Pocos saben que Lewis Carroll también fue inventor. En 1891 ideó el nictógrafo: una tarjeta rígida con una rejilla de orificios cuadrados por cuyos bordes se trazaban las letras, para escribir de noche sin encender la lámpara. De hecho, lo pensó también para personas ciegas. Enamorado de las palabras, inventó términos que siguen vivos —chortle y galumph, en el poema Jabberwocky— y dio forma a la idea de la «palabra maleta» (portmanteau): dos palabras fundidas en una. Sin embargo, apenas viajó: su único viaje al extranjero fue a Rusia, en 1867.
La difícil decisión de Lewis Carroll
El título de trabajo del libro fue Las aventuras de Alicia bajo tierra. Cuando por fin se imprimió, el ilustrador John Tenniel quedó descontento con la calidad de la impresión; por eso Carroll retiró toda la primera tirada y pagó de su bolsillo una edición nueva. Fue una decisión cara, tomada por fidelidad a su obra. Su huella llegó incluso a la medicina: el «síndrome de Alicia en el país de las maravillas», una distorsión neurológica de la percepción del tamaño ligada a las auras de la migraña, se bautizó así por el libro; además, hay quien cree que el propio Carroll sufría migrañas, y que de ahí nacieron el encogerse y el crecer de Alicia.
Lo que se cuenta de Lewis Carroll y no es cierto
Conviene despejar dos leyendas. La idea de que «el libro trata de drogas» —el hongo, la oruga— no tiene ninguna prueba: sus diarios callan, y esa lectura nació en la contracultura de los años sesenta, no en Carroll. Tampoco es verdad que escribiera guiones crueles «peores que Hitchcock» y lo rechazaran; la cronología lo desmiente, pues murió en 1898, cuando el cine apenas gateaba. En realidad fue un apasionado del teatro, y Alicia subió a escena en vida del autor, en 1886, con su conocimiento.
Cien años después, el hombre que hubo detrás del nombre sigue mereciendo atención y respeto. Una reverencia no a la fama, sino a la persona.
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