Safo fue la primera gran voz del amor en la literatura de Occidente. Vivió en la isla griega de Lesbos hace unos dos mil seiscientos años y escribió versos tan sinceros e intensos que la Antigüedad entera la veneró como «la décima musa». Si Hatshepsut grabó su nombre en un trono, Safo lo grabó en el corazón de cuantos la leyeron: su poesía habla todavía hoy, con una cercanía asombrosa, de lo que sentimos al amar.
Quién fue Safo
Safo vivió entre los siglos VII y VI a. C. en Mitilene, la principal ciudad de la isla de Lesbos, justo cuando nacía la lírica griega. Procedía de una familia noble y, según cuenta la tradición, reunió a su alrededor a un grupo de muchachas a las que enseñaba música, danza y poesía, consagradas al culto de Afrodita y de las Musas. Fue tan admirada que los griegos, que llamaban a Homero «el Poeta» sin necesidad de añadir nada más, se referían a ella simplemente como «la Poetisa». Su fama cruzó siglos y fronteras en un tiempo en que casi ninguna mujer dejaba una sola línea escrita.
La revolución de Safo: el «yo» y el sentimiento
Lo que hace inmortal a Safo no es de qué escribió, sino cómo lo hizo. Frente a la gran poesía épica de dioses, héroes y batallas, ella habló en primera persona de la emoción íntima: el deseo y la ternura, los celos, el temblor del cuerpo ante la persona amada, la alegría y la pena de querer. Su lenguaje es directo, sencillo y preciso, capaz de atrapar en pocas palabras el vértigo del enamoramiento como si lo sintiéramos nosotros mismos. Incluso creó una forma métrica propia, tan perfecta y tan suya que todavía lleva su nombre: la estrofa sáfica. Safo fue, en cierto modo, la primera voz que puso el «yo» en el centro del poema.
La «décima musa»
La Antigüedad no tuvo la menor duda sobre su grandeza. Se cuenta que el propio Platón, siglos más tarde, escribió que las Musas no eran nueve, sino diez, y que la décima era ella. Poetas y sabios de Grecia y de Roma la imitaron y la citaron con reverencia; su obra se recogió en varios libros que se leían y se cantaban por todo el mundo antiguo. Pocas veces una voz —y mucho menos una voz de mujer— ha sido admirada con tanta devoción durante tanto tiempo.
Lo que se perdió y lo que queda de Safo
Y aquí está la gran tragedia de su historia. De los numerosos libros de poemas que compuso Safo, el tiempo, el descuido y los siglos nos han dejado casi nada: apenas un poema completo —un himno a Afrodita— y un puñado de fragmentos, muchos de ellos rescatados de viejos trozos de papiro hallados en la arena de Egipto. Perdimos para siempre casi toda la obra de la mayor poeta de la Antigüedad. Y, sin embargo, esos pocos versos salvados bastan para estremecer: en ellos sigue latiendo, intacto, el mismo amor que sentimos hoy. Esa es su lección más hermosa: una sola voz verdadera puede cruzar milenios, y, aunque de ella solo queden fragmentos, lo que es de verdad humano no se borra nunca del todo.
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